jueves, 5 de marzo de 2009

Palmas!

Ciertas características, conferidas ya sea por puro proceso evolutivo o bien por mero aprendizaje heredado a lo largo del tiempo, nos diferencian del resto de las especies que habitan este planeta y nos señalan como aquellos más inteligentes y capaces. Cerebros más grandes, pulgares opuestos, desplazamiento erguido, uso de vestimenta, conciencia del bien, del mal y de nuestra propia existencia, creencia en un Dios invisible y poco dispuesto a manifestarse, capacidad de amar; solo algunas de las cualidades que se podrían mencionar. Pero no por muy evolucionados que nos supongamos nos vemos exentos de ciertos rasgos primales que, muy a nuestro pesar, dejan por las claras que no cesamos de responder a los instintos básicos que nos permitieron sobrevivir a lo largo de las eras.

Pero atención amigo lector, lo que le voy a contar difiere mucho del típico análisis respecto de cuan involucionados somos a pesar de tanta evolución. No voy a hablar de odio, guerras, de la escoria humana que nos subyace obligatoriamente y nos lleva a pisar cabezas para escalar peldaños sociales en forma seguro muy similar a la usada por nuestros antepasados cavernícolas, excepto que ellos se expresaban mediante pictografías en cavernas y nosotros lo hacemos con diminutas cámaras digitales ubicadas en el reverso de teléfonos celulares. No voy a hablar de nada de eso, voy a hablar de algo que está en la palma de nuestras manos. Clap, clap, clap… voy a hablar del fenómeno del aplauso.

Imagínese en un restaurant relativamente lleno, con alguna mesa vacía pero sin espacios despoblados. Todos comen, beben, dialogan, beben nuevamente. De imprevisto, desde algún punto del restaurant se comienzan a escuchar los aplausos seguramente pertenecientes a un festejo. Notorio es como los comensales suspenden la ingesta y el diálogo, para estirar el cuello y buscar interesadamente con la vista el lugar del que provienen los aplausos. Una vez encontrados, el sujeto fija su vista en quienes los hubieren iniciado hasta en tanto el ritual del aplauso finaliza, momento en el cual los espectadores volverán a la rutina habitual del restaurant; o bien se incorporan eufóricamente colaborando con el golpe de palmas a pesar de no tener ninguna relación con aquellos otros que iniciaron  todo este asunto. Visto de esta forma, el aplauso funciona casi como un reflejo de Pavlov que toca alguna fibra íntima y primitiva que ante el sonido característico moviliza grupos enteros de personas a ejecutar las instrucciones suspender actividad actual – buscar origen de los aplausos – unirse con aplausos propios hasta finalizar – retomar actividad actual. Y por ese momento, solo por ese momento, somos un montón de monitos que aplauden, motivados por vaya uno a saber que condicionamiento grabado a fuego en aquello que nos hace humanos.

Lo mismo sucede en eventos, actos, shows musicales o teatrales, o cualquier tipo de presentación de relativa importancia. Mediante el aplauso el rebaño momentáneamente involucionado a lo que prácticamente es un zombie manifiesta su aprobación total a lo acontecido, y lo celebra con fervor.

Pero no todos los espectadores parecerían demostrar el mismo grado de cohesión con sus pares en la manifestación del aplauso, dado que no lo inician sin algún disparador que los alerte de la situación que se está viviendo (nuevamente, muy a lo Pavlov). Dicho estímulo suele ser otros aplausos iniciados con anterioridad, pero no es la única vía utilizable, como lo demuestra la siguiente imágen:

applause-sign1-702986 Cartel de Aplausos

Ese tipo de carteles se utilizan para informar gráfica, directa y sin lugar a dudas que quienes lo observen deben incurrir en el acto grupal del aplauso, lo que los inhabilita a pensar por unos momentos muy bien aprovechables para la introducción de mensajes subliminales por parte de quien encendió el cartel. Similar a esta situación es la provocada por algún integrante de la manada que al grito de “Vamos che, aplaudan carajo!” mientras se golpea las manos con violencia y sonoridad, incita al resto a hacer lo mismo. Similar a este sujeto es el archiconocido tío con apodo gracioso que grita “Vivan los novios” ante cualquier unión civil o religiosa que lo permita.

Una variante del fenómeno se trata del acompañamiento rítmico de palmas junto a la música en vivo, pero no así la grabada. Observable fácilmente en festivales regionales, unos pocos acompañan el ritmo de la música con palmas y pronto son seguidos por el resto de los concurrentes y con admirable sincronización. Así, el reflejo de Pavlov de las palmas (como he dado en llamarlo) funciona no solo en eventos aislados sino que funciona perfectamente ante la prolongada reiteración, exponiendo a los afectados a un mayor período de tiempo de vulnerabilidad mental.

Otra variante es perfectamente observable sin demasiada dificultad en la zona de la costa, donde las palmas acuden al rescate de menores extraviados funcionando como un dispositivo señalador de proximidad del niño perdido (similar a un radar tipo doppler), con la esperanza de que los padres se percaten de que han perdido rastro de una de sus crías y salgan en su búsqueda, situación válida siempre y cuando estos no crean que el niño está jugando con amiguitos y perfectamente a salvo. Porque realmente no tiene sentido encontrar algo que nadie está buscando.

Demostrada ya la intrínseca relación entre el fenómeno del aplauso, las raíces mismas de nuestros orígenes y la forma de aprovechar esta situación como técnica de movilización de masas, abandono este post diciéndoles:

Aplausos por favor (suscríbanse al blog).

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