viernes, 26 de junio de 2009

Reivindicando Al Soberano

Allá por los inicios de esta década, me encontraba yo comenzando mi carrera universitaria. Junto con el deseo de adquirir conocimientos nuevos, se encontraba el de alimentar la billetera para costear mis nada económicos placeres materiales. Lo reconozco, nunca fui un tipo de gustos simples o baratos; condición que sirve al propósito de elegir cuidadosamente antes de comprar porque claramente las matemáticas indican que no alcanza para todo lo que uno desea.

En ese primer trabajo fui empleado de Osvaldo Orsingher, sin duda uno de los tipos más singulares que me he cruzado en mi corta existencia. De un humor extremadamente ácido pero trato afectuoso, junto a él aprendí muchas cosas que no tenían nada que ver con el trabajo que estaba desempeñando bajo su mirada, y que menos aún tenían que ver con la carrera universitaria que cursaba. Osvaldo me enseñó música.

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No encontré ninguna foto, así que usen la imaginación e inserten aquí la imagen de Osvaldo Orsingher


Pero no me enseñó lo que uno aprendería en una institución, porque no aprendí a cantar, a tocar un instrumento o a componer; aprendí acerca de la buena música. Créanme, los anaqueles repletos de discos que tiene este muchacho se compara solo con una disquería. Y la calidad de los mismos es aún más abrumadora que la cantidad. Gracias a Oswald conocí Pink Floyd, Led Zeppelin, Frank Zappa, Janis Joplin, Génesis y muchas otras bandas. Gracias a él aprendí a amar el ruido a frito de los discos de vinilo y a odiar el ruido de la compresión de los MP3. Me volvió un melómano y coleccionista de discos, de esos que entienden perfectamente la contradicción que existe al comprarse un disco y no escucharlo nunca así no se arruina. El que colecciona por coleccionar, no por disfrutar.

Solo en una oportunidad lo desobedecí. Estaba hurgando sus discos cuando, sentado desde un sillón y sin prestarme demasiada atención me arrojó un “¿Porque no te llevás algo de The Beatles?”. Ignorándolo y prestándole poca atención mientras la pila de discos que tenía en la mano intentaba desbalancearse al mismo tiempo que la contenía con la pera para evitar el previsible desastre, le contesté: “Porque no me gustan”. Siguió pulsando teclas normalmente, y luego de unos segundos de silencio volvió a psicoanalizarme musicalmente, “¿Y porque no te gustan? ¿Que tienen de malo?”. Empecé a tratar de explicarme, diciendo que tenían un sonido demasiado simple y choto, que no eran lo suficientemente progresivos, que las letras eran de contenido pobre y no les llegaban a los talones a Pink Floyd. He estado equivocado muchas veces en mi vida, pero nunca tanto como en esa ocasión.

Demoré años en dar el brazo a torcer y reconocer mi error, hasta que un buen día decidí darles una oportunidad y escuchar el álbum Sgt Pepper’s Lonely Hearts Club Band. Y no pude volver atrás. Cada canción, cada sonido y cada silencio de ese disco me refregaba en la cara lo mucho que estaba equivocado y lo mucho que me estaban empezando a gustar. Inevitablemente sucumbí ante el deseo de escuchar la discografía completa; me maravillé con Magical Mystery Tour, me espanté con el White Album y me terminé de enamorar en Abbey Road. Entendí porque fueron los pioneros de todo lo que vino después, aún cuando sigo sin entender como un disco de los años ’60 puede sonar tan moderno hoy en día.

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Simplemente no los entendía. Idiota yo.

Ahora mismo, en algo que muchos supondrán es un retroceso, en mi iPod suena Sgt Peppers Lonely Hearts Club Band. Un disco viejo en un reproductor moderno, que contradictorio. No solo eso, es la versión más antigua de todas, grabada en monoaural y levantada directamente desde el acetato original por algún visionario que tiene los equipos adecuados para hacerlo. Y es la versión más deliciosa que he escuchado, con la proporción justa de ruido a frito que tanto sabor le aporta.

Ya saben como es el dicho: “No escuchaste The Beatles hasta que escuchaste Sgt. Peppers Lonely Hearts Club Band. Y no escuchaste Sgt. Peppers hasta que lo escuchaste en mono”. Y lo dijo John Lennon, que si de algo sabe es de los discos que él mismo grabó. Por cierto, la cita lleva a una nota imperdible al respecto.

La música de ahora es demasiado light, no tiene nada de frito. Y yo necesito algo que engorde mis oídos.

1 comentario:

Etereo Desliz dijo...

Necesitamos mas colesterol auditivo, definitivamente.
Me mató la imagen en reemplazo de la ausencia de fotografía jaja

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